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Cápsula 03: Kitsch futurista
  Cápsulas  
Mon, 06 Nov 2006 10:59:27 +0100

KITSCH FUTURISTA

Entendí esa palabra cuando leí una novela de Milan Kundera ("La insoportable levedad del ser", creo que es uno de los títulos más pedantes que han llegado a mis manos, el contenido, sin embargo, me gustó). Define el kitsch comunista.

Según el glosario del interesantísimo ensayo de Margarita Rivière "Lo cursi y el poder de la moda", "Kitsch" proviene del alemán "kitschen" y significa literalmente recoger las inmundicias de la calle; lo kitsch viene a significar la ilusión por la basura artística. Por lo que he podido sintetizar entre unas definiciones y otras en los tratados que he leído sobre el tema y la novela de Kundera, lo kitsch sería el resultado estético y emotivo de una esencia que una vez absorbida, devorada, deglutida por la masa, por la sociedad, ha sido vomitada por el inconsciente colectivo de modo que cualquiera pueda reconocer de inmediato aquel objeto, imagen, frase, sonido, y asociarlo a un sentimiento. Así, la basura, los restos, son esto porque no han salido directamente de una mente creadora si no que son el vómito colectivo resultante de la asimilación de lo primero.

El kitsch futurista, entonces, es un cocktail que aglutina trajes plateados, platillos volantes, marcianitos con antenas, robots, monstruos, rayos X, súperpoderes, estética de cómic, pitufos marcianos y astronautas, aparatos tecnológicos e inventos multiusos, palancas y botones, ciudades de rascacielos monumentales, la electrónica, la tela de vinilo, el negro elegante y austero, los colores eléctricos, flúor y brillantes, el blanco impoluto y estéril del laboratorio, los científicos locos, los experimentos, los cohetes espaciales, los cortes de pelo Vulcanos, las pistolas siderales, los skylines de perfiles imaginativos, la decoración tipo nave de Barbarella, las malas, los malos, los héroes salvadores del mundo, las ciudades flotantes, subterráneas, espaciales, las computadoras, los androides, la tipografía de Rollerball, los pequeños artilugios cotidianos del mañana, las pantallas, el Gran Hermano, las voces metálicas y robóticas, los sintetizadores, moogs, theremin y los ruiditos derivados, el espacio, los planetas, las galaxias y las civilizaciones alienígenas.

Y todo esto, y más, representado en ceniceros, flyers, muñecos de plástico, mecheros, camisetas, pósters, películas, portadas de cd, chapas, canciones, anuncios publicitarios, pegatinas fluorescentes que imitan el firmamento en las paredes…

Ha habido grandes momentos en la historia de la ciencia-ficción durante los que se han acuñado gran parte de estos arquetipos futuristas. Desde Verne y Meliés, con su famosa luna con cohete clavado en el ojo, a Metropolis de Fritz Lang, cuyos magníficos edificios pudimos contemplar con más realismo en Blade Runner. Las revistas pulp norteamericanas y la época dorada de la ci-fi, en los años 50, la Space Age de los sesenta codo a codo con el swinging London. La guerra de los mundos, Barbarella, Star Trek, La guerra de las galaxias, Alien, E.T, Matrix, dejando a cada década una impronta personal sobre la visión del futuro en imagen cinematográfica y televisiva, haciéndolo a su vez en audiovisuales los proyectos musicales de David Bowie y su Ziggy Stardust, Tomita, los Barron, Bernard Herrmann, Les Baxter, Bob Thompson, Esquivel o las bandas Devo, Zolar X, Aviador Dro y Kraftwerk.

Todo un mundo visual y auditivo inspirado en el Universo y el futuro, que han dado a la humanidad un montón de pautas a las que ceñirse al crear objetos de uso común puramente kitsch, en clave futurista.

En el citado libro de Margarita Rivière, la autora alude a un precioso ensayo de Ramón Gómez de la Serna en el que defiende dos tipos de cursilería, una mejor que otra, a su parecer, el cursi bueno y el cursi malo. Rivière cataloga tres clases distintas de cursi; el negro (la España negra, los dogmas, el machismo, los tópicos dramáticos, el victimismo) , el blanco (lo blandengue, lo que normalmente se entiende, en realidad, por kitsch, la iconografía religiosa, el folklore, las tiendas de todo a cien) y el rosa (la pretensión de modernidad provinciana, la imitación de la grandeza superficial, los nuevos ricos)

En pleno convencimiento de que, en el fondo, todo es kitsch, a mi se me ocurre una nueva subespecie de cursi; el cursi plateado.

El cursi plateado es el kitsch futurista y la imaginería que se destila de él, un ingenuo, a veces, y otras apocalíptico, enrejado de esperanzas, utopías y distopías que nos acercan un futuro lleno probabilidades, pequeñas gotitas de purpurina que adornan un presente muchas veces tan aburrido de violencia, partidos, actuaciones retrógradas, hipotecas y demás mediocridades. El cursi plateado, evoca los momentos en los que, por un instante, el ser humano se quiso superar, deseó que existieran seres de otros planetas con una tecnología superior que les ayudaran a evolucionar o bien que, definitivamente, los aniquilara y dejaran de sufrir. El cursi plateado nos recuerda que, alguna vez, salimos de nuestro caparazón para sabernos mucho más que puntitos diminutos en el infinito y que nos hemos sentido capaces, por momentos, de salir de nuestro planeta y ver más allá. Emanciparnos, crecer, hacernos mayores, aspirar a más. En un mundo en el que aparentar tener un estatus social es el sumum de la felicidad y el verdadero sentido de la existencia, el kitsch futurista nos guiña el ojo y nos trae susurros de inmortalidad, de aventura, nos trae el aroma retador de lo desconocido, nos abre las puertas del mañana.

Hurra, pues, por el kitsch futurista, por el cursi plateado.
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