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| Superheroes de código abierto (II). |
| ¡... & Roll! |
Mon, 27 Nov 2006 21:19:57 +0100 |
La demanda de National Periodicals contra los emuladores de Superman que le estaban comiendo el mercado de los super-hombres en mallas con la ropa interior por fuera, se cobró su mayor pieza con la desaparición del Capitán Marvel de Fawcett Comics, en su época el superheroes más popular.
El Capitán Marvel era en realidad el joven Billy Batson, un adolescente que recibía sus poderes del mago Shazam al pronunciar su nombre.
Originalmente, el nombre Shazam era una especie de formula de Abracadabra que convertía al chiquillo en una mole de metro noventa con la sabiduría de Salomón, la fuerza de Hercules, la resistencia de Atlas, el rayo de Zeus, el coraje de Aquiles y la velocidad de Mercurio. SHAZAM!
¿Lo pilláis?
Curioso sobretodo porque el mago era egipcio y sin embargo las figuras mitológicas de las que extraía el poder del Capitán Marvel eran todas griegas menos una, que era israelita. Pero en los años cuarenta, los cómics eran mucho menos sofisticados que hoy día y el lector mucho menos exigente. Así, con la explicación mágica, y el recurso a al mago, el Capitán Marvel pronto tuvo la compañía de su hermana, Mary Marvel, de su amigo Capitán Marvel Jr, de los Tenientes “Alto”, “Gordo” y “Hillbilly” Marvel, del Tío Marvel, ¡incluso del Conejo Marvel! ¡Eso por no mencionar a Tawky Tawny, un tigre antropomorfo y parlante!
El caso es que todo ese candor y esa magia desapareció de la noche a la mañana por una decisión en un despacho.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el mercado de los superheroes empezó a disminuir. Ya no había necesidad de ese maniqueísmo entre buenos y malos tan grato al género. En su lugar los cómics se llenaron de historias de crimen y terror. Con una abundante carga sexual, dicho sea de paso.
Así que Fawcett decidió que no merecía la pena seguir luchando contra National/DC por un personaje que ya no daba tanto dinero como solía. Y en una de las decisiones más miopes de la historia de los negocios –sólo detrás de dejar escapar a los Beatles– Fawcett acordó la suspensión de la publicación, despidió a su plantilla, pagó 400.000 $ a DC y años más tarde les vendería todos los derechos sobre el personaje.
Si hubieran sabido...
El caso es que, miles de millas más al este, una pequeña editorial inglesa, L. Miller and Son, había estado publicando reimpresiones de Capitán Marvel en blanco y negro. En 1954 se quedaron sin material que publicar y decidieron contratar al escritor Mick Anglo para que crease una versión nueva del personaje con el que satisfacer la demanda de los miles de fan del Capitán Marvel en Inglaterra.
Así que Anglo creó el personaje de Marvelman. Y la noria volvió a girar...

Marvelman era una copia bastante descarado de Capitán Marvel, incluso en la elección de los colores del traje o en el origen del personaje.
El joven reportero Micky Moran recibe superpoderes de un astrofísico –¡Vamos! ¿quién va a tragarse a un mago que escoge a un chaval para ser su campeón... en Inglaterra?... ¿Cómo?¿Merlín quién?– al pronunciar la palabra Kimota –que es Atomik al revés, que para eso estamos en la era atómica– y era ayudado por dos sidekicks, el Joven Marvelman y Kid Marvelman. Nada extraordinario, la verdad.
Lo bueno llega en 1982, cuando la revista Warrior empieza a publicar una nueva versión de Marvelman realizada por dos jóvenes promesas del cómic inglés que se habían criado con los cómics de Mick Anglo: Alan Moore y Garry Leach.
Moore y Leach recrean al personaje de una forma como no se había hecho antes. Mantienen toda la historia anterior, pero ésta pasa a ser una serie de recuerdos implantados para proteger una verdad mucho más aterradora. Micky Moran es un reportero adulto que sueña que puede volar. En sus sueños flota la palabra mágica que no consigue recordar, hasta un día en que se ve envuelto en una crisis con rehenes en una instalación atómica. Cuando dice la palabra Kimota, los poderes y los recuerdos vuelven a él. Descubre que fue el sujeto de un experimento del gobierno con tecnología alienígena, y que su antiguo amigo, Kid Marvelman, se ha convertido en un psicópata superpoderoso.

La historia de Moore y Leach es mucho más oscura y adulta que nada que se hubiera hecho antes con los superheroes y contribuyó, junto con V de Vendetta, que aparecía simultáneamente a Marvelman en la revista Warrior, a cimentar el prestigio de Alan Moore como genio del cómic.
Es entonces cuando Dez Skinn, el editor de Warrior empieza a recibir presiones de la Editorial Marvel Comics por el uso del nombre de Marvelman. Dez se rinde como hiciera Fawcett y vende los derechos a la editorial independiente americana Pacific, y más tarde, a Eclipse Comics. En 1985 Eclipse retituló la serie Miracleman y a partir de su sexto número, empezó a publicar material original, con guión de Moore y dibujos de Chuck Beckum –hoy más conocido como Chuck Austen–, Rick Veitch y, más tarde, John Totleben –quien alcanzaría el estrellato en la serie de la Cosa del Pantano, también de Moore.
La nueva serie de Miracleman prosiguió en una escalada de realismo y magnitud hoy todavía impresionantes. Empezando por una muy realista escena de parto –demasiado gráfica para el gusto de algunos... de hecho, de casi todos.– hasta el gran enfrentamiento entre Miracleman y Kid Miracleman, en medio de lo que se podría describir como un Londres convertido en zona de guerra por los dos superhombres. Finalmente, Miracleman vence e impone su dominio al planeta, trayendo una utopia, pero también lo que pronto se destapa como un régimen totalitario del que no se puede huir.
Los temas tratados en Miracleman otorgan al género del superhéroe una profundidad de la que carecía hasta entonces. Y Alan Moore empieza a recibir encargos en Estados Unidos para que haga con otros personajes olvidados del catalogo de las grandes compañías lo que ha hecho por Marvelman/Miracleman.
Paradójicamente, el hecho de haber triunfado con las aventuras de un personaje que era una imitación del Capitán Marvel, a su vez una imitación de Superman, le abrió las puertas de DC Comics para trabajar con el original. Fue como decirle: “¿No querías contar historias de Superman? Vale. Veamos de qué estás hecho.”
Por aquel entonces, DC Comics había decidido simplificar su universo, integrando todos los personajes que había ido adquiriendo a lo largo de 50 años a diversas editoriales y que habitaban en tierras ficticias separadas –Tierra 1 para Superman, Batman, Wonder Woman..., Tierra 2 para las versiones de estos personajes que debutaron en la Segunda Guerra Mundial y habían envejecido, Tierra S para la Familia Marvel, Tierra 4 para los héroes de la Charlton, Tierra X para los de Quality...–, lo que haría en una megaevento conocido como Crisis en Tierras Infinitas, hoy todo un clásico.
El hecho es que aprovechando el relanzamiento de todo el Universo DC, John Byrne presentó la idea de volver a contar los orígenes de Superman desde cero, actualizando algunos elementos del personaje y haciéndolo más humano, en la linea de los héroes de la Marvel.
Como estos planes suponían la cancelación de las colecciones en curso del Hombre de Acero, y el fin de la versión que había estado en circulación desde la Edad de Plata, se decidió hacerle una despedida a lo grande y se contrató a Alan Moore para contar la última historia de Superman.
Y Alan Moore se descolgó con “¿Qué fue del Hombre del Mañana?”.
Pero, si alguien esperaba ver a Superman arrancando cabezas a puñetazos o a Lex Luthor drogándose y violando a Lois Lane, se iban a llevar una sorpresa. En una historia en las antípodas de lo que hiciera con Miracleman, Moore muestra su cariño por la versión clásica del personaje y toda su mitología. En tan sólo dos números, Moore nos embarca en un viaje de nostalgia por tiempos más sencillos, por la magia y la imaginación desbordada de aquellos cómics en cuatricromías de cuando era niño, y consigue asombrar de nuevo, esta vez sin recurrir a nada más que todo aquello que siempre había estado presente en el personaje y que por eso mismo, muchos autores habían descuidado, creyendo que el público ya estaba cansado de la misma fantasía simplona. Moore les demostró que estaban equivocados y, además, fue nuevamente un pionero al explotar la nostalgia en el cómic, adelantándose de nuevo en más de una década al resto de la industria.
Pero en aquel entonces, a pesar de la positiva acogida que tuvo “¿Qué fue del Hombre del Mañana?”, Superman sufrió la revisión “realista” de John Byrne y Alan Moore pasaría a ser recordado sobretodo por otra operación de rescate “a la Miracleman”. Cuando en DC le pidieron una idea para relanzar los héroes de la difunta editorial Charlton, Moore presentó una idea tan radical que le pidieron que la realizara, pero con unos personajes nuevos, por temor a que no pudieran volver a utilizarse nunca más. Moore aceptó y aquel proyecto acabaría convertido en la mayor obra de cómic de los ochenta: Watchmen.
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