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Sun, 28 Jan 2007 20:03:45 +0100

Apuntad esta palabra: Deconstrucción. Es un engendro francés, popularizado por el filosofo sesentayochista Jacques Derrida a partir del trabajo de Martin Heidegger y que ha dado más jugo a la literatura que a la filosofía. El deconstructivismo sostiene que todo concepto está construido a lo largo del tiempo por los procesos históricos y mediante una acumulación de metáforas, de forma que bajo apariencias sencillas, pueden subyacer estructuras realmente complejas y con diversos significados según la época, el lugar o su encaje en un determinado contexto político o ideológico.
En 1986, Alan Moore incorporó para siempre el término de Deconstrucción al lenguaje del cómic, demostrando que bajo el sencillo arquetipo del superheroe podían esconderse conceptos mucho más arriesgados e interesantes para un público adulto. Hoy, puede que nadie sepa quien fue Derrida, pero gracias a Alan Moore, no hay aficionado al cómic que no haya oído hablar de Watchmen como la “deconstrucción del superheroe”.

El origen de Watchmen, como ya dijimos en la anterior entrega de esta serie, se encuentra en el encargo que recibe Moore para relanzar los personajes de la fenecida editorial Charlton: Capitán Atom, Blue Beetle, the Question, Peacemaker, Peter Cannon “Thunderbolt” y Nightshade. Hasta entonces, todos ellos habían habitado una Tierra alternativa en el multiverso DC, pero en el gran evento de 1985 Crisis en Tierras Infinitas todas las Tierras paralelas habían sido refundidas en una nueva, pasando todos los personajes a compartir una misma historia, con todos los problemas de continuidad que ello planteaba. Cuando Moore presenta sus planes para los personajes de la Charlton, su editor, Dick Giordano, se da cuenta de que tras un tratamiento tan radical, DC no podría volver a usar esos personajes en su universo normal, por lo que sugiere a Moore que cree unos personajes nuevos y lo sitúe en un universo propio, diferenciado del universo DC.
Es entonces cuando Alan Moore descubre que tiene carta blanca no sólo para hacer lo que le plazca con los personajes –hasta matarlos, si quiere– sino que tampoco tiene que sentirse atado por la continuidad del universo DC. Ni ya puesto, tampoco por la del nuestro.

Moore y Gibbons nos proponen un interesante juego de historia contrafactual –popularmente, a estas historias se las conoce como ucronías– en el que se preguntan como sería nuestro mundo si en 1938 los superheroes hubieran aparecido en las calles en lugar de en las páginas de los cómics.
A través de una serie de ersatz, como la autobiografía de uno de estos primeros héroes enmascarados, Búho Nocturno, Moore nos va describiendo un mundo que, pudiendo ser el nuestro, poco a poco va divergiendo por el efecto que estos héroes tienen sobre la historia.

Watchmen se convierte en un metacomentario tanto del propio medio y género, como del mundo real que refleja distorsionado. Es un complicado mecanismo de relojería, en el que todas las piezas cumplen su función discretamente, sin chirriar. Es normal encontrar detalles nuevos en cada lectura, descubriendo con asombro que siempre habían estado ahí y que encajan a la perfección sin distraer de la trama principal.
Watchmen es una historia de misterio... y un relato de ciencia–ficción. Una crítica política al reaganismo y una película de cine negro. Una pesadilla pop y un ensayo sobre parafilias y trastornos de la personalidad... No hay límite al número de lecturas que se pueden hacer de ella, pudiendo disfrutarla tanto el lector ocasional de cómics como el fanboy experto.

Pero a lo que íbamos. La libertad que descubre Alan Moore al reimaginar los personajes de la Charlton sin las ataduras de la continuidad le permite obrar nuevamente el milagro que ya hiciera con Miracleman: La copia mejora el original.

Así, el Blue Beetle de Ditko, un personaje que en la continuidad DC terminó convertido en un secundario cómico, se convierte de la mano de Moore y Gibbons en Búho Nocturno, un rico y aburrido ornitólogo aficionado que se enfunda las mallas para dar salida a una pulsión fetichista. Peacemaker, un contradictorio personaje que se decía pacifista pero llevaba una pistola, se convierte en El Comediante, un cínico violento y machista, cuasi-nazi, al servicio de las cloacas del estado. Nightshade, una insípida superheroína del montón, da lugar a Silk Spectre, una metáfora de la mujer florero en los supergrupos, que descubre en la aventura una vía rápida a la fama, cual concursante de Gran Hermano. Peter Cannon inspira el personaje de Ozymandias, el hombre más listo del mundo y el culmen de la perfección física; algo así como un Charles Atlas con diploma de MENSA. El Capitán Atom, prototipo del super-heroe de la era atómica, sirve de molde para el Dr. Manhattan, un ser todopoderoso que va alejándose de su humanidad a medida que comprende la verdadera extensión de su poder y que sirve a Moore para explorar las motivaciones de los superhombres –¿por qué iba un dios a mezclarse en los asuntos de los hombres?–. Y finalmente, el que seguramente es el personaje mejor logrado de toda la obra y el que mejor ejemplifica la aportación de Watchmen a la historia del cómic: Rorschach.
Rorschach es la recreación que de The Question realiza Alan Moore. The Question había sido originalmente concebido por Steve Ditko para exponer sus ideas Objetivistas. En las manos de Moore deviene un conspiranoico violento y obsesivo, lector voraz de panfletos de extrema derecha, un absolutista moral que no acepta el compromiso y no se detiene ante nada para impartir su justicia. Con Rorschach, Moore nos desenmascara el verdadero rostro del superheroe: tras las mascaras y antifaces, hay un fascista maniqueo que se toma la justicia por su mano; o en la interpretación más benigna, un enfermo mental que no es capaz ni de mantener su higiene personal y que busca desesperadamente dar un sentido a su vida, optando por un rígido código moral, da igual cual mientras sea claro, sin grises.

Con Watchmen, Alan Moore y Dave Gibbons marcaron el tono para el cómic de los ochenta. Junto con The Darknight Returns, de Frank Miller, dio el tiro de salida para una era en la que los superheroes se volvieron más adultos, más violentos, más complejos... Años después, More se arrepentiría de haber participado en ello, al sentir que, en el empeño por emular lo que él había conseguido, otros artistas –¡ay!, no tan bien dotados... de talento, se entiende– habían arruinado el género, convirtiéndolo en una reedición del Hardboiled de los últimos días del Pulp. En compensación, Moore dedicaría sus obras de los noventa al rescate del arquetipo superheroico, volviendo a los orígenes y bebiendo de la nostalgia de tiempos más simples e inocentes.
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