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A no ser...
  Rock...  
Thu, 18 Jan 2007 18:14:17 +0100

A no ser que admitamos de una puñetera vez que el engendro que levantamos en 1978, con su Constitución amorfa, su sistema de partidos oligárquico, su poder judicial intervenido y polarizado y su pacto de reparto del botín –entre unos partidos, sindicatos, patronales e iglesia que viven del presupuesto del estado–, ha recorrido ya todo el camino que podría recorrer y algún kilómetro de más.
En su momento se hizo lo que se pudo, y a ello responde que la Constitución fuese un pacto entre falangistas, marxistas y democristianos; entre centralistas, federalistas y nacionalistas; entre laicos y confesionales; etc, etc...
Claro, salió lo que salió y aún gracias. Pero no se puede decir que sirviera para mucho más que para salir de la dictadura sin muchos sobresaltos.
Ahora vemos aflorar los defectos de la obra, fruto de unos malos cimientos. Tenemos una Constitución farragosa, poco clara y que no resuelve ninguno de los problemas fundamentales de funcionamiento de un estado históricamente fallido o renqueante en el mejor de los casos.

No ordena una clara separación de poderes. Otorga demasiado peso al ejecutivo, que carece de limitaciones, controles y contrapesos. No hay límites a la capacidad del congreso de promulgar (malas) leyes. El Senado carece de una función clara. No dispone mecanismos para la gestión de un estado federal –que es lo que somos de hecho, pero no de derecho–. No enumera una lista de derechos del individuo, de verdad inviolables, sino una especie de carta a los reyes magos que los gobiernos pueden cumplir o no –con lo cual no entiendo la necesidad de tenerlos en la Constitución, si son papel mojado ...

Podría seguir , pero no es cuestión de aburrir al personal con los fallos de ese mamotreto al que algunos se agarran ahora al grito de “¡Virgencita, Virgencita! ¡Que me quede como estoy!”.
En efecto, si hace 30 años se hizo una labor chapucera, pánico me da pensar cómo la harían hoy. Y es que el nivel de nuestra clase política –la dirigencia, la llaman en el Cono Sur: y yo me acuerdo de John Wayne. ¡Eso es dirigencia!– ha caído en picado desde entonces. Pero precisamente ese es el principal motivo para empezar a cambiarlo todo...

Hay que abrir las ventanas para echar fuera el aire viciado. Y si hay que tirar un tabique se tira.
Algo tan simple –¿simple?– como una reforma electoral serviría para arrebatar la confección de las listas a los partidos y poder elegir realmente quien votamos. ¡La de inútiles que se irían al paro!
Podría ser con un sistema de distritos uninominales a una vuelta, como el sistema inglés. O institucionalizando las primarias, para que los votantes registrados confeccionaran la lista. O mediante unos de esos sistemas endiabladamente complejos, como el holandés o el neozelandés. Da igual. Cualquier cosa será mejor que lo presente, en el que un diputado puede tirarse veinte años sentado en el escaño sin decir ni mú y sin que lo conozcan sus electores, sólo votando a todo lo que le diga el partido.

También podríamos elegir directamente al presidente, que para eso es el jefe del ejecutivo y un poder distinto del parlamento. Así éste podría dedicarse a su verdadera función, que es controlar al gobierno y no servirle de caja de resonancia. ¡Por fin podríamos ver una comisión de investigación que investigara de verdad! ¿Os imagináis?

Y si vivimos en un estado federal, constitucionalicémoslo. Que haya un senado federal, y no esa ridiculez de la conferencia de presidentes. Que haya una distribución de competencias e impuestos claras. Eliminemos las redundancias: comarcas, diputaciones, cabildos... Con municipios, estados federados y estado federal nos sobra.

Hagamos una lista de derechos inquebrantables y pongamos los medios para que ningún gobierno o ley los pueda violar. Pongamos al individuo en el lugar que le corresponde como único y legítimo soberano.

Y por último, pongamos por escrito todo aquello que les está prohibido hacer a nuestros políticos. Primordialmente, tratar el tesoro público como si fuera un botín. Nada de subvenciones a partidos, ni a sindicatos ni a prensa amiga. Nada de encargar centenares de estudios inútiles. Nada de contratar cientos de asesores a comisión del partido...

Así, una vez achicado el espacio para los desmanes, sólo les quedará ocuparse de los problemas reales de la gente, en vez de crearlos ellos.
Y si además somos capaces de escribirla en una servilleta, miel sobre hojuelas.
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