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| Racional: adj. De ración (o toma dos tazas). |
| Rock... |
Thu, 08 Feb 2007 19:37:54 +0100 |
Uno de mis puntos de fricción con los discursos de la identidad es que me niego a discutir de sentimientos. Para mí, la política es el territorio de la razón y su fín es la gestión de los negocios públicos y no aliviar los problemas psicológicos de algunos. Al agora se va a discutir de plazas, carreteras, limpieza y transporte, no de si me siento más birmano o neozelandés o me tengo que emocionar mucho o poco cuando oigo el Himno de Riego cada vez que gana un tenista español.
Asumido ya que esa incapacidad mía para emocionarme con trapos de colores, cantos patrióticos o marchas nupciales, me separará siempre de quien hace del fortuito accidente de haber sido arrojado al mundo en éste o aquel terruño, según la suerte de cada uno, el centro de su identidad y la justificación de toda toma de partido, veo ahora como se extiende este virús de la emotividad irracional a otros ámbitos de la discusión pública.
Como ya comentaba en el post Un experimento, la adscripción emocional a uno de los dos bandos en liza, Derecha o Izquierda, termina cohesionando más a ambos grupos que lo que en verdad tienen en común. Una vez se eliminan los argumentos racionales de la discusión, sólo queda la adscripción emocional a tu "bando" y el rechazo al contrario como justificación de todo acto. De igual modo que uno es del Barça o del Athletic de Bilbao, se puede ser de derechas o de izquierdas sin preguntarse nunca en qué cree realmente uno y en por qué lo cree. Simplemente se acepta todo el paquete. Viene con el carnet.
El hecho de que los contenidos que engloban los conceptos de Derecha o Izquierda varíen con el paso del tiempo, y en algunas ocasiones hayan cruzado la linea que los separa –haciendo que lo que un día fue defendido por la izquierda luego lo sea por la derecha. Y viceversa. – no hace tambalearse lo más mínimo la fé del sectario, que prefiere estar siempre con lo suyos, aunque sea estando equivocado.
Un par de ejemplos:
Hace unos años, cuando el PP introdujo en España el concepto de Déficit Cero en los Presupuestos, un amigo mío me decía que éste era de derechas, porque por definición, los servicios sociales son deficitarios. Yo intenté explicarle que no hay nada intrínsecamente de izquierdas en gastarse un dinero que no tienes, como demuestra el hecho de que en Estados Unidos el déficit se haya desmadrado bajo la presidencia de Bush, y que esos servicios públicos se sufragan con los impuestos que se votan en los parlamentos. Y una de dos: o se gasta de más, o se recauda de menos.
Han bastado unos pocos años y un cambio de gobierno para ver como los mismos que criticaban el Déficit Cero por ser de derechas, ahora se enorgullezcan de mostrar ahora un superávit presupuestario.
Supongo que eso les convertirá en algo así como la extrema derecha, ¿no?
Otro ejemplo. Aún más atrás en el tiempo, allá por 1995, se debatían en España las ideas del federalismo fiscal, importadas de Italia vía el nacionalismo catalán que se miraba en el espejo –todavía reluciente y nuevo– de Umberto Bossi. Se produjo entonces, por un gobierno del PSOE, la cesión de un 15% del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, con la natural oposición de la derecha centralista. Observemos aquí que en el contexto internacional, las posiciones suelen ser a la inversa: la derecha es federalista, descentralizadora o devolucionista, y la izquierda es jacobina o centralista. Tampoco es un norma universal –sólo lo más frecuente– y tampoco ha sido así toda la vida –también en esto las posiciones han ido variando con el tiempo–, pero creo que se puede decir sin temor a error, que también en esto Spain is different.
Poco después, nuevamente tras un cambio de gobierno, pudimos ver como quien antes se había opuesto a la cesión de un 15%, cedía ahora un 30. Más una cesta de impuestos como los de hidrocarburos o sucesiones.
Pues bien: ¿Se han molestado en justifcar de algún modo estos giros copernicanos de su ideario?
Para nada. ¡Si no hace falta! Basta sacar a relucir las batallitas de los abuelos para que cada cual se quede en su trinchera. Cuando el sentimentalismo político entra por la puerta, la razón sale por la ventana. Y en pelotas, además.
Porque es grave que a esto jueguen los políticos, que se supone tienen una responsabilidad de hacer pedagogía con el ejemplo. ¿Pero a que están jugando los medios de comunicación, embarcados en un revival de la guerra civil como farsa –que no como tragedia, esperemos– en lugar de desenmascarar a los actores y mostrar el verdadero juego?
Más ejemplos:
El conseller de Interior del gobierno catalán se descolgó en un programa de variedades que pretende ser de actualidad política en la televisión autonómica, con una propuesta de legalización de todas las drogas. Es de lejos, la propuesta política más interesante de la semana. ¡Que coño! ¡Seguramente del año! ¿Creen que se ha discutido como se merecía?
Nada de eso. En su lugar, políticos y periodistas andan haciendo un quién es quién del Tribunal Constitucional para averiguar si el Estatut de Autonomía de Catalunya aprobado el año pasado en referendum por un 30% escaso de la población, es galgo o podenco.
A diferencia de las declaraciones de hace unas semanas de su compañera sentimental, Inma Mayol, en las que afirmaba sentirse antisistema desde el confort del coche oficial y un sueldo mayor que el del Presidente del Gobierno, las declaraciones del conseller Saura, si bien hechas a modo de opinión personal y no como programa del gobierno del que participa, se asientan en el terreno de lo concreto, donde es posible aportar argumentos a favor y en contra. Se puede debatir, por tanto. No como el sentimiento antisistema de la señorita Mayol, que ni me importa ni nada me dice de cuales son sus propuestas para la ciudad.
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Por si os interesa el tema de la abolición de las políticas prohibicionistas, no os perdáis los argumentos de Antonio Escohotado, probablemente el mayor experto en España sobre el tema.
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Lo del otro día en la SER, sobre el himno, resulta que no era tema exclusivo de Doña Gemma Nierga. Mis excusas. Resulta que la dama sólo seguía las consignas de toda la cadena, que machacó en todos sus programas la mentira de que está prohibido tocar el himno en manifestaciones. Luego conseguí rastrear el falaz argumento hasta su verdadera fuente: Diego López Garrido, el portavoz del PSOE en el Congreso. Pero, a ver, criatura: ¿Tú no eras catedrático de derecho constitucional?
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