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Superheroes de código abierto (I).
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Fri, 10 Nov 2006 00:03:19 +0100

El del superhéroe es un caso único de un género que se identifica tanto con un medio –el comic-book– que llegan a ser sinónimos. Hasta hace muy poco, cómic y hombres en mallas –trajes de pervertido, los llama Warren Ellis– eran indisociables. Hemos tenido que esperar a la revolución del CGI para ver a los superheroes trasladados a la pantalla con dignidad, y a la avalancha del manga para poder leer en viñetas historias sin músculos hipertrofiados.
Pero durante casi sesenta años, el superheroe ha sido monopolio del cómic, y de dos compañías, DC y Marvel, que llegaron incluso ha registrar la propia palabra superheroe para que nadie más que ellos la pudieran usar.
El asunto del Copyright, y el Trademark, TM, tiene una larga historia en el mundo del cómic.
Todo empezó con el primero.
Con Superman.

En 1938, Jerry Siegel y Joe Shuster venden a National Periodicals un personaje que llevan años intentando colocar. Va vestido de azul y rojo, es fuerte como el acero, rápido como una bala, potente como una locomotora y puede saltar un edificio de un sólo salto. ¿De dónde ha salido? Es un refugiado, un inmigrante ilegal de un planeta llamado krypton, adoptado y criado por una pareja de granjeros de Kansas, que le enseñaron a amar la verdad, la justicia y el modo de vida americano...
En Junio de 1938 aparece la revista Action Comics nº 1. En la portada, un clásico instantáneo, la creación de Siegel y Shuster levanta el coche de unos ladrones por encima de su cabeza. Se vendieron 130.000 copias.
Había nacido Superman, y con él, todo un género.
Por supuesto, todos los otros editores de cómics quisieron tener su Superman. Y algunos incluso así se lo encargaron a sus artistas, lo que luego les pasaría factura.
Las revistas de cómics empezaron a llenarse de imitadores como Wonder-Man, Master-Man, Steel Sterling y el que sería el más formidable de todos, el Capitán Marvel, que llegaría a ser más popular incluso que el original, teniendo el honor de ser el primer superheroes en ser llevado a la gran pantalla en forma de serial.
Ante la avalancha que amenazaba con llevarse por delante sus pingues beneficios, National Periodicals contraatacó con un arma más temible que la kriptonita: sus abogados.
En una serie de demandas que sentarían precedente, National Periodicals fue eliminando uno a uno a los imitadores de Superman, e incluso a algunos que no se le parecían tanto. El último golpe lo propinó en 1953 cuando Fawcett Comics hubo de suspender la publicación de Capitán Marvel, cuyos derechos serían después adquiridos por National, ya conocida entonces como DC.
Desde entonces, la gestión de los derechos de sus personajes se convirtió en una prioridad para las grandes compañías como National Periodicals/DC o Timely/ATlas/Marvel, que poco a poco fueron copando el mercado y expulsando a la miríada de pequeños editores que había durante los años cuarenta, la llamada Edad de Oro del cómic.

Así fueron desapareciendo compañías como Fawcett, Fox, Charlton, Better, Gold Key o Nedor. En muchos casos los personajes de estas compañías fueron directamente comprados por DC o, tras expirar el TM tras unos años sin publicarse, los nombres eran aprovechados por Marvel para nuevos personajes que reimaginaban el original. Un caso emblemático es el del Capitán Marvel, cuya marca quedó desprotegida tras cesar su publicación por parte de Fawcett y fue registrada por Marvel Comics para un nuevo personaje que, irónicamente, tenía más en común con Superman, al ser un extraterrestre, que el personaje de Fawcett, un niño que se transformaba en superheroe al pronunciar la palabra mágica Shazam. De resultas, DC no puede publicar las aventuras del Capitán Marvel original bajo ese nombre, pese a haber adquirido todos los derechos en 1980.
Mientras tanto, los creadores, presos del sistema de trabajo bajo contrato, veían como todos los beneficios generados por sus personajes iban a parar a las compañías que los publicaban, sin ver ellos un céntimo de los múltiples cómics, cartoons, seriales de cine y tv, muñecos, pósters, cromos o tarteras infantiles en los que aparecían.
Esta cruda realidad quedó al descubierto cuando en 1978, durante la promoción de la primera película de Superman, producida por Warner Brothers, empresa propietaria de DC Comics, se dedicó un especial en televisión al personaje. En el curso de un debate, un anciano se levantó entre el público para tomar la palabra y dijo:

“Mi nombre es Jerry Siegel. Yo co-creé el personaje de Superman sobre el que han hecho la película, y trabajo en un supermercado empaquetando la compra”.

El público del plató se quedó con la boca abierta. Ante sí tenían a un anciano víctima de la mayor estafa de todos los tiempos. Todo el mundo conocía a Superman, incluso si no leía los cómics. Estaba en todas partes. Era un icono cultural americano. Y el hombre que lo había creado, que había hecho ganar millones a editores y productores de Hollywood, ¿trabajaba en un supermercado?

La campaña que se desató a continuación fue el principio de una larga lucha por los derechos de los artistas frente a la codicia de las compañías que ganaban millones con unos personajes creados durante la Gran Depresión y por los que habían pagado unos pocos dólares a sus creadores. Para empezar, la película se vio obligada a incluir en sus créditos a Siegel y Shuster como los auténticos creadores del personaje, desluciendo así el nombre de Mario Puzo, autor del primer borrador del guión, cuyo tirón como autor de El Padrino querían aprovechar los productores.
Y a partir de entonces, ambos artistas recibieron un estipendio anual vitalicio y todos los cómics de Superman empezaron a llevar la leyenda “Creado por Jerry Siegel y Joe Shuster”, para que las generaciones venideras pudieran conocer el verdadero origen del Hombre de Acero.


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