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Bebidas y lujos
  Fantasías Futuristas  
Sat, 15 Apr 2006 20:15:07 +0200

BEBIDAS Y LUJOS

por Musidora





En el fondo, aunque intente aparentar todo lo contrario, soy una sentimental algo retrógrada, quizás, un poco nostálgica. No, esa máquina definitivamente podía conmigo y con todos los alardes de modernidad que era capaz de cacarear.
Dos días y medio me había costado instalarla, más la semana que tardó en llegar y los varios meses de trabajo que correspondían al coste del aparato. Pero la máquina no se encendía, no había manera. Finalmente, me ví obligada a llamar a un técnico, un muchacho de apenas veinte años que llegó sonriendo y estuvo a punto de irse sin un sólo diente.
El chico quedó gratamente impresionado por la domótica de mi apartamento y dedujo que yo era una especie de científica absolutamente puesta al día, con lo que, imagino, supuso también que el aparato en cuestión era el no va más de los electrodomésticos, el último grito en tecnología, complicado y lleno de sofisticados sensores y estalló en una estúpida carcajada cuando, en cinco minutos, pudo solucionar el problema. Intentó reprimir más risas, pero mi mirada asesina mejor ensayada lo sedujo a actuar con disimulo mientras me explicaba cuidadosamente para qué servían cada uno de los botoncitos plateados.
La máquina resplandecía, por fin, en una esquina del salón. Estaba segura de haber comprendido perfectamente las explicaciones del técnico, y guardé las instrucciones junto a las demás. De todas formas, no tenía tiempo de probar las funciones del aparato; todavía tenía que hacer todos los preparativos antes de la cena.
Encargué al robot de cocina unas recetas que saqué del Star Gourmet's y pedí que me trajeran los zapatos que había visto en el catálogo. Me preparé un baño de rosas, usé todos mis cosméticos y llegaron los zapatos por el tubo comercial. Preciosos. Iban a hacer un delicioso conjunto con el vestido, un diseño exclusivo, por supuesto.
Me perfumé, comprobé que el robot de cocina estuviera haciendo su trabajo y, perfectamente arreglada, me senté en el sofá del salón con el mando a distancia en la mano.
Seleccioné una música de ambiente muy ligera, que sonara como un susurro durante toda la velada. Programé la iluminación para que imitara la luz natural durante la llegada de mis invitados, pasara a las velas durante la cena y progresivamente cayera con la azulada densidad de la luna llena, en los postres y las copas. Maldije el colocador de mesa por tener sólo tres posiciones, y me prometí a mi misma comprar otro. Aquella posición de "cena para cuatro" no era todo lo elegante para una reunión de aquellas características. Así que tuve que decidirme por un centro de mesa con flores que parecían naturales en el catálogo, y que llegaron artificiales, y carísimas, por el tubo comercial.
Pero el resultado final me conformó y me convencí de que mis invitados iban a quedar muy impresionados de aquella puesta en escena. Ni demasiado chic ni demasiado hogareño, en su punto. Me felicité por mi buen gusto.
Los invitados estaban a punto de llegar. Lancé una mirada de reojo al nuevo aparato, como amenazándolo de qué podía sucederle si no funcionaba correctamente aquella noche.
Los primeros en llegar fueron la diseñadora y el fotógrafo. Envidié el peinado de ella, un moño alto y aristocrático, y estiré mi vestido hacia abajo para que fuera más largo, pues habíamos coincidido en la elección de los zapatos. Fingí quedar fascinada por los ademanes del fotógrafo, al que no había visto antes, y lo enjaboné de buenas a primeras, con grandes alabanzas hacia su trabajo que parecieron satisfacerle sobremanera.
Luego llegó mi socia, que, como siempre, había vaciado sus reservas de gin-tónic antes de ponerse un terrible sombrero que le invité a dejar a un lado para cenar con comodidad.

Una directora de revistas de moda, debe parecer siempre alguien culto, conocedora de las últimas tendencias, innovadora y muy segura de sí misma.
Yo no tenía tiempo de informarme adecuadamente, no me interesaban las filosofías frívolas que surgían alrededor del mundo de la moda, en el fondo deseaba ganar lo suficiente como para retirarme a una colonia rural, y de lo único que estaba segura es de que era lo bastante hipócrita como para disimular con gracia todo eso, con el fin de firmar un buen contrato. Afortunadamente mi socia era todo lo contrario, un gato de ciudad, que vivía exclusivamente de fiestas, cenas y reuniones, en las que a penas probaba bocado. Hacíamos un buen tándem, ella era el glamour, yo la ejecutiva. Ella odiaba las cuentas, los trámites y preparar cenas como aquella. Yo no tenía ni idea de quién demonios era aquella artista que usaba mierdas de perro para embadurnar pantallas de televisores arcaicos. Pero ambas sabíamos aparentar que estábamos en todo, y aquella había sido la clave de nuestro éxito, y era lo que, sospechaba, hacía en realidad todo el mundo.
Necesitábamos el trabajo de aquel fotógrafo que se estaba convirtiendo en el nuevo – y enésimo- enfant terrible de la moda. Para ello había que impresionar y convencer a su amiga, la diseñadora, cuya aprobación, nos habían contado, era el único requerimiento por el que él trabajaría para nosotras, además de un buen dinero. No lo teníamos mal, nosotras habíamos publicado varias de las colecciones de la diseñadora, muy bonitas a mi parecer, y manteníamos una correcta relación de negocios.
Así que todo iba a ir como la seda, me repetía a mi misma. Si conseguíamos ese contrato, estaba más cerca de mi retiro al campo y podría dejar de comprar máquinas infernales para agradar a los exigentes personajes del mundillo.
Nos sentamos tal y como yo había dispuesto; la diseñadora a mi lado, justo enfrente de ella, mi socia, y a su izquierda, el fotógrafo.
El robot de cocina trasladó el menu a la mesa y yo pedí desde allí que nos mandara también un excelente cava que tenía reservado para aquellas ocasiones.
La cosa empezó a torcerse cuando la diseñadora no opinó ni siquiera sobre el centro de mesa (normalemente te dicen cosas como: "qué maravillosa cocina electrónica, y qué decir de la moqueta de césped artificial" o "me encanta esta mesa, es tremenda") y además me pidió que cambiara la luz, pues no podía ver el bocado que se iba a llevar a la boca. Cosa que me obligó a cambiar todo el programa y de paso, quitar la música de fondo que molestaba al fotógrafo.
Me preguntó si tenía algo de no sé quién, que mi socia se apresuró a comentar como el más grande compositor de nuestra época. Yo dije que lo había estado buscando en la red, pero que me había resultado imposible encontrarlo y entonces él me dio la dirección donde, seguro, iba a poder bajarme alguna de sus composiciones. Estupendo, dije yo, y se me empezó a atragantar la cena.
Toda la conversación surgió alrededor de nuestra revista competidora, que había salido a la calle con gran éxito hacía pocos meses. Mi socia y yo intercambiábamos miradas, aquello estaba feo, le habían ofrecido también colaborar con ellos.
Entonces terminamos la cena y la tercera botella de cava, que había ido a parar casi entera a la garganta de mi siempre sedienta socia. Y me dispuse a dar el golpe de gracia. Si nuestros competidores eran tan modernos e innovadores como decían, aquel par de snobs caerían rápidamente en sus brazos. Pero nadie podía tener mi máquina todavía, pues estaba en experimentación y sólo a buenos clientes, como yo, les habían ofrecido comprarla antes de que saliera al mercado. Eso sí era innovador.

Yo estaba atemorizada, pero mi prestigio como persona instalada en el presente más "in" dependía de aquel dichoso aparato. Si conseguía que se sintieran cautivados por mi modo de vida, sus fotos serían nuestras.
Los hice pasar a los sofás y la mesa se recogió sola, eso hizo que la diseñadora le prestara atención y soltara un mísero: ¡oh!, que ya era algo.
Programé brisa de verano, pues estaba empezando a sudar y no hay nada peor para una negociación en moda que una mancha de sudor en las axilas del vestido.
Aquí mi socia entró en acción y abordó directamente el tema, después de pedirme un gin-tónic y algo para nuestros invitados.
-¿No quieres algo más sofisticado, querida?- dije yo dispuesta a sacar partido de la situación.
Ella no, por supuesto, seguía fiel a la bebida que le ayudaba a mantenerse en pie como una medicina. Ellos pidieron un cocktail. Yo dije, ¿cuál? y ellos respondieron cualquiera. No, no, insisto, dije yo, ¿cual es vuestro favorito? y ellos, complacidos, pidieron un New York Fashion y un Nôtre Dame de Cors.
Me alejé hacia la esquina y allí me agaché, medio rogando, para accionar mi nueva máquina de bebidas y lujos.
Mientras tanto, mi socia atacaba sin reparos. Ellos no parecían ceder, argüían que nuestra revista empezaba a estar demodé y que no podían arriesgarse, necesitaban apostar por lo novedoso para mantenerse al pie del cañón. Mi socia sonreía con condescendencia, aunque sufría por dentro igual que yo, pues su tren de vida era realmente costoso.
Desde la esquina podía oír el rechinar del cruce de sables de aquellos tres indómitos espadachines del negocio de la moda. Y yo deseé ser cualquiera de ellos con tal de no tener que enfrentarme a uno de esos monstruos metálicos que tanto deseaba perder de vista. Con los nervios, me había quedado en blanco y no lograba descifrar las siglas de los botones. Por suerte, estaban tan enfrascados en su conversación que no recordaban haber pedido los combinados.
Así que me decidí, apreté ese botón y el otro, y luego tecleé lo que yo pensaba eran los tres cocktails y el gin-tónic.
Me levanté, acicalando mi vestido, y esperé.
Al parecer, mi socia había ido un poco más allá en la presión hacia sus contrincantes, y en ese momento, el fotógrafo estaba tan pasmado como ella, observando como la tan elegante diseñadora había perdido los papeles y agitaba el moño para acompañar una serie de palabras malsonantes que en resumen estaban dejando a nuestra revista y a sus dos directoras a la altura del betún.
Entonces anuncié los cocktails, convencida de que aquella podía ser la última jugada. Apreté los dientes intentando formar una sonrisa y me senté con ellos en el sofá.
La bendita máquina sirvió las bebidas acercándose a nosotros como si fuera en patines y explicando, en un perfecto inglés, y luego francés, el orígen y las leyendas derivadas de cada uno de los combinados.
Las fieras se calmaron un poco, y casi pude ver una chispa de jovialidad en los ojos del fotógrafo. Su amiga, sin embargo, todavía fruncía los labios. Mi socia y yo intentábamos parecer naturales, como si aquel aparato llevara allí toda la vida. El fotógrafo intentó preguntar algo a cerca de la máquina, pero la diseñadora no estaba dispuesta a simpatizar ni un centímetro.
Cada uno cogió su bebida, yo había pedido la misma que la diseñadora en un acercamiento de gustos que se alejaba bastante de la realidad.
La terrible máquina, que no medía más que uno de los primeros microondas pero pesaba como decenas de ellos, se desplegó majestuosamente formando un metálico cisne que dejó boquiabierto al personal, incluída yo misma, que pensaba haberlo programado para convertirse en un elefante de estilo hindú.
-¡Por Dios, qué horterada! - exclamó el fotógrafo, para mi desesperación.
Me disculpé y expliqué cual había sido mi primera intención, y tecleé un nuevo mensaje en la pantallita del aparato.
Mientras tanto, las cosas estaban empeorando y la diseñadora, otra vez de pie, estaba convenciendo a su amigo para irse inmediatamente, a lo que mi socia le agarró de la manga y trató de obligarla a tomar asiento de nuevo. Ella se cabreó bastante y volvió a los improperios, cosa que hizo reir al fotógrafo y que me puso insoportablemente nerviosa.
Acabé de programar el demoníaco trasto y me dirigía hacia mi socia, que todavía agarraba a la cada vez más enojada diseñadora, cuando este comenzó a emitir un extraño gruñido que nos hizo callar a todos a la expectación de lo que se suponía iba a ser un magnífico, y muy de moda, elefante.
Así estábamos, la diseñadora de pie intentando desembarazarse de las garras de mi socia, ya bastante borracha, medio estirada en el suelo y aferrada al vestido de esta, yo dirigiéndome hacia ellas, y el fotógrafo sentado y con toda su atención concentrada en mi máquina.
El gruñido iba a más, y la máquina desplegaba a un ritmo vertiginoso varios artilúgios. Uno de ellos salió disparado hacia la pared. El fotógrafo chilló. Entonces la máquina empezó a hablar en francés, luego en japonés y después en español, intercalando frases y palabras entrecortadas.
Me lancé hacia ella para desconectarla, pero en el justo instante en el que aterrizaba a su lado, empezó a lanzar violentamente cubitos de hielo, y a vomitar toda clase de líquidos incoloros o no, que Dios sabe dónde almacenaba en su inoxdidable cuerpecito.
Mi socia abrió la boca, con la esperanza de recibir alguno de los licores que manaban como de una fuente, sin dejar de agarrar a la diseñadora, que había recibido la mayor parte de los hielos y sangraba de una ceja, completamente empapada y con el fabuloso moño colgando de su brillante calva, mientras el fotógrafo se reía desconsoladamente y por fortuna había salido tan ileso como yo.
Aquella lluvia cesó de golpe, y la máquina aún tuvo tiempo de quedar con la forma de un streap-boy plateado que fue muy aplaudida por el fotógrafo.
La diseñadora se fue deshecha en llantos, mi salón quedó encharcado en el peor aroma de un bar de mala muerte, mi socia yacía tumbada en un profundo sueño etílico y con un trozo de tela del vestido de la diseñadora en la mano.
El fotógrafo, encantado con el espectáculo, me dijo que nunca se había divertido tanto en una reunión de negocios y que firmaría para un año en nuestra revista si le asegurábamos otras como esta. Yo lo despaché con un "habla mañana con mi socia" e hice las maletas.

Ahora vivo tranquilamente en una colonia rural y me decico a vender piezas de artesanía manufacturadas a las franquícias de otros planetas. El fotógrafo y mi socia firmaron un espléndido contrato, con cuyas ganancias me decidí a retirarme de una vez por todas.

Pero cuál ha sido mi suerte, que, después de varios años de triste sequía a este respecto, me he enamorado, aquí en la colonia. El elegido ha resultado ser un ingeniero que inventa electrodomésticos. Así que no sólo me tocará vivir de nuevo entre máquinas, si no además asistir a su nacimiento. Eso sí, como asesora no tengo precio, sé perfectamente qué tipo de artefactos resultan engorrosos y cuáles, más bien un peligro.
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